El Shopping como síntoma social
Crónica a seis manos. En Caracas, ha venido ganando tracción la tesis de que la sociedad venezolana hoy muestra señales claras de su derrota. No sólo los shoppings animan la idea. También es todo lo que los rodea. Los shoppings de Johannesburgo son idénticos a aquellos que se encuentran en los países más prósperos. Sería difícil saber si uno se encuentra en Johannesburgo, Madrid o Nueva York si no fuera por los policías armados al lado de amenazadores pastores alemanes.


Xenia Elsaesser , Juan Victor Fajardo y Amaru Villanueva Rance

Caracas, Venezuela
Juan Victor Fajardo

El célebre ex-alcalde de Bogotá, Enrique Peñaloza, vino a Caracas en los primeros meses del año andante. Dejó a su paso una tormenta. Sonriente, radiante, llegó y lanzó las siguientes ideas al aire: “Debemos abandonar la ciudad en la que sólo los pobres utilizan el transporte público y avanzar hacia la ciudad en la que incluso los ricos hagan uso de él”. Y después nos lanzó esta bomba: “El auge de los centros comerciales en las ciudades son un síntoma certero del fracaso de la sociedad”. Aún no me recupero de ese dictamen. Ya les cuento por qué.

Hace apenas semanas, tuve el gusto de viajar a Santo Domingo, República Dominicana. Conversando con un entusiasta de la ciudad, me fui enterado de las tantas cosas que han ocurrido hasta el sol de hoy en esa capital caribeña.

Es cierto, fue allí que se construyó la primera catedral del “Nuevo Mundo.” También es cierto que Rafael “El Jefe” Trujillo (corrupto y egocéntrico dictador como él solo) le cambió el nombre a la urbe durante su mandato; bautizándola con el nombre de Ciudad Trujillo.

Ya esos días pasaron, me dicen. La dictadura murió, la ciudad volvió a llamarse Santo Domingo, y de repente llegaron los venezolanos. Sí, es cierto. Cierto e impresionante. A raíz del fenómeno Chávez (y ahora con el Madurismo), los venezolanos han emigrado en masa de Venezuela hacia donde fuere, incluyendo Santo Domingo. Con su llegada a la isla, me dicen, llegaron sus “shoppings”: antros gigantes del consumismo, con el mismo diseño, las mismas tiendas, y el mismo nombre que aquí en Caracas. ¿Cómo le hacemos? ¿Dónde me escondo? ¡Qué grandioso y ejemplarizante desastre!

En Caracas, ha venido ganando tracción la tesis de que la sociedad venezolana hoy muestra señales claras de su derrota. No sólo los shoppings animan la idea. También es todo lo que los rodea.

Es la mano inclemente del crimen, las tasas estratosféricas de homicidios urbanos y el hurto de carros. Son los retos que enfrentan las pequeñas y medianas empresas frente a una economía de vértigos y pesadillas. Es también el tráfico, las fallas del servicio eléctrico, la escasez y el racionamiento de los alimentos en los supermercados. ¿Son esas las bases de nuestro fracaso? ¿Está en nuestras manos cambiarlas? Aún no me convence del todo la teoría.

Los gobiernos fracasan, esos si. Fracasan líderes y megaproyectos cuando no logran cumplir con su cometido: el de ser guardianes de la sociedad, el de sentar las bases éticas que permiten la vida humana en comunidad. Las sociedades no, propongo, esas son infracasables. Esas cambian y flotan, acaso orgánicamente, como la marea.

Hay shoppings hoy y quizá los habrá mañana. Nuestra meta no debe ser preguntar ni aprender cómo vamos a erradicarlos. Son síntomas, sí, de un profundo desarraigo. Pero mientras avanzamos, preguntemos, más bien, hacia dónde es que vamos. ¿Quiénes son aquellos que hacia ese sitio nos llevan? ¿Qué podemos nosotros esperar de ellos?

Al fin de mi viaje me fui de Santo Domingo, con sabor a ron y caña dulce en la boca, y volví a la querida Caracas, sin poder ubicar, hasta ahora, las verdaderas raíces de nuestro “fracaso”.

Johannesburgo, Sudáfrica
Xenia Elsaesser

E’goli, lugar del oro. Asi se llama Johannesburgo en la lengua indígena de Sudáfrica, Isizulu. Es una ciudad construida por el oro y para el oro, no hay otro motivo que justifique su existencia, ni siquiera un cuerpo de agua.

Me mude a Johannesburgo en 2004, 13 años después de que la fortaleza y el liderazgo de Nelson Mandela supuestamente hubieran acabado con la segregación racial. Llegando con ansias de conocer la nación ’arco iris’, en poco tiempo me di cuenta que había venido a una ciudad cuyas todavía muy existentes rupturas sociales se expresan en un nuevo oro brillante: el lujoso centro comercial.

Sudáfrica es un país violento: en 2012 la tasa de homicidios era de 31,8 por 100.000 habitantes, más de 3 veces la cifra en Bolivia y más de 4 comparada a la media global. Durante el Apartheid la ciudad de Johannesburgo se dividía en cuatro categorías: las áreas de negros, blancos, personas de origen hindú y mestizos. Ahora se divide en dos: los barrios de ricos y los de pobres. Por el histórico racismo y la resultante desigualdad, existen inmensos ‘townships’ (o villas), donde se concentra la mayoría de los problemas sociales del país. Sin embargo, la tremenda pobreza y la necesidad hacen que la violencia frecuentemente se derrame. Nos encontramos de nuevo en el antiguo E’goli: bajo miedo de agresión en la búsqueda de riquezas.

Yo nunca ingresé a una villa. Viví en una casa rodeada por muros con cercas eléctricas. Pero aún en mi barrio conocía a por lo menos cuatro vecinos que habían sido asaltados a mano armada en sus propias casas. Ni siquiera allí salía a caminar por la calle, sino que iba a socializar en el shopping. Los shoppings de Johannesburgo son idénticos a aquellos que se encuentran en los países más prósperos. Sería difícil saber si uno se encuentra en Johannesburgo, Madrid o Nueva York si no fuera por los policías armados al lado de amenazadores pastores alemanes.

Johannesburgo ya no tiene casco urbano: el antiguo centro de la ciudad es un esqueleto desolado (tasa de homicidio: 50). Por cuestiones de seguridad las empresas y el comercio minorista decidieron trasladarse a las zonas de los Shoppings. La segregación, antes estatal y de característica racial, ahora se ha privatizado y ha adquirido características sociales, culturales y económicas. La división es marcada entre quienes tienen oro, y quienes lo buscan.

Pero aunque me encontraba supuestamente entre los privilegiados, siempre sentía que yo también sufría una pérdida. En mi cultura cercada, lamentaba la ausencia de un espíritu idiosincrático, con rarezas únicas y caminos por descubrir, sucios y sorprendentes. En el centro comercial el plástico enmascara a la cultura. La limpieza exfolia en su cauce las pepitas de vida. El verdadero lingote de mi pasaje por esa ciudad hubiera sido la auténtica expresión de una nación arco iris: una ciudad floreciendo con las diversas y cambiantes manifestaciones de la humanidad que la habita. Me apena que en el lugar del oro, no se lo encuentra. En el centro comercial sudafricano se manifiesta la aflicción de una sociedad cuyas relaciones con su pasado y entre sus habitantes siguen tan dolorosamente vulnerables, que sólo le ha quedado protegerse: construir más muros, más cercas y más shoppings.

La Paz, Bolivia
Amaru Villanueva Rance

El 2012 retorné a La Paz luego de vivir fuera del país casi una década, que a mi edad es algo así como media vida. Apenas llegué, mis amigas de la promo (Wiñaypaj 2003) me convocaron a comer alitas a Factory en el Megacenter. Con orgullo esperanzado me decían entre líneas “mira lo que ahora tenemos aquí, mira cómo ha avanzado nuestra ciudad”. Entre líneas, yo también, les decía que al volver a Bolivia justamente había intentado escapar de estos monolitos de cemento y mármol, con sus parqueos multinivel y sus cines multisala. Exagero un poco. Lo cierto es que mirando a mi alrededor podría estar en uno de los tantos shoppings de San Francisco o Londres que había dejado en el camino. Tierra de todos y tierra de nadie.

Durante la década de mi ausencia llegaron el Multicine y el Megacenter. Con su arribo se desertaron los cines del Prado, así como las escaleras eléctricas del Shopping Norte. El Shopping Sur continuaba ahogándose en sus ecos y soledades, mientras los nuevos centros comerciales presumían su lucrativo caos de mesas y salas llenas, apoderándose de segmentos de mercado hasta entonces inexistentes. Inclusive aterrizó en El Alto una ‘plaza de comidas y entretenimiento’: en ‘La Jungla’ hoy encontramos desde restaurantes hasta una agencia de viajes (y capuccinos de Bs. 18). Me aseguran que siempre está lleno.

Se sortean teorías acerca de qué nos dice de nuestras ciudades y sus sociedades la aparición de los shoppings. Está claro que, a diferencia de Caracas y Johannesburgo, el shopping en La Paz no puede leerse como síntoma de la inseguridad ciudadana; la hipsterización de la 16 de Julio es la antítesis contundente a esta hipótesis. La cosa aquí va por otro lado; un amigo cuenta que hace unos meses le impactó ver cómo, a pocas mesas de la sobrina de un ex-presidente, una mujer de pollera cenaba con su familia en el Mega. Hace una década esa idea era impensable y hasta herética.

Quienes acuden al Megacenter, más allá de consumir alitas o a Los Pitufos 2 (en 3D), consumen sociedad. Néstor García Canclini alguna vez propuso que todos los actos de consumo son hechos culturales. Nos habla del proceso ritual del consumo, donde compiten las clases por apropiarse del espacio social. Para Beatriz Sarlo es precisamente el centro comercial donde, acorde a la universalidad del mercado, caben todos. “El shopping en principio no excluye.” Es aquí donde se produce una “cultura extraterritorial”, donde sin visados especiales convergen tanto ricos como pobres (a pesar de que en nuestro país ya no está claro quienes pertenecen a qué categoría).

Mi amiga Eliana Quiroz conjetura que la proliferación de los shoppings y su peculiar aceptación transversal nos dice algo distinto. “Con su victoria, el MAS ha ciudadanizado a la gente”, explica, añadiendo que éste ha sido un proceso por sobre todo político, articulado en un lenguaje de derechos y votación. “¿Pero cómo ejerzo esa pertenencia? No es algo que el Estado esté pudiendo ofertar. La ciudadanización se completa a través del consumo, esta demanda está siendo llenada por el mercado”. Es interesante plantearse que la máxima expresión de nuestra creciente y errante igualdad social se manifestaría, no en los estatutos ni en el parlamento, sino, en el simple y majestuoso acto de comer Pollos Copacabana con las manos en el Mega.

El shopping inhala nuestra creciente capacidad y apetito de consumo. Exhala el provincianismo de nuestra visión de desarrollo. Vanaglorioso, murmura prosperidad, y desde tierras lejanas trae consigo historias de la desaparición gradual del pequeño comercio y la homogeneización de la cultura. Y otra vez recuerdo a Sarlo, quien anuncia (pero en realidad advierte) que “el shopping es una exposición de todos los objetos soñados”.